La enfermedad del sida ha supuesto un auténtico desastre para la salud de la humanidad en las dos últimas décadas del siglo XX. El pánico de la población a esta enfermedad que, afortunadamente va siendo cada vez mejor controlada tanto clínica como epidemiológicamente, ha hecho emerger una gran variedad de infundios y conductas de rechazo que, lejos de servir a un mejor control del problema epidémico, han favorecido su expansión y crecimiento en casi todos los países.

Un primer error epidemiológico en el inicio de esta epidemia, allá por los años ochenta, y que reconocen muchos expertos fue la difusión de la idea de que era una enfermedad asociada exclusivamente con determinados sectores minoritarios y marginales de la población (homosexuales, drogadictos y hemofílicos), lo que hizo sentirse a la población general en gran parte libre del riesgo de contagio de esta enfermedad y favoreció por tanto su mayor diseminación hacia toda la sociedad. Este efecto de «sentirse protegido» por el hecho de «no ser como ellos», aun teniendo prácticas evidentes de riesgo, permanece aún residualmente en parte en la población, lo que está haciendo que el contagio por vía heterosexual se haya situado, ya desde hace algunos años, por delante del homosexual/bisexual en las estadísticas de incidencia anual de sida. En esto influye probablemente una mayor sensibilidad respecto a la enfermedad por parte del colectivo homosexual, pero también una todavía insuficiente creencia de las personas en general de que el sida es una enfermedad que nos puede afectar a todos.

La clasificación del riesgo de contraer sida se estableció en los comienzos de la epidemia en clave de grupos de riesgo, lo que más tarde y a toda velocidad se modificó por pautas de riesgo, cuando se conocieron mejor las vías de contagio del virus.

Mucha gente sigue pensando que, aunque fuera escaso, siempre puede existir algún riesgo de contraer la enfermedad por entrar en contacto con fluidos corporales como el sudor, la saliva, la orina, o las lágrimas.

Ha quedado sobradamente demostrado por gran cantidad de estudios científicos que sólo existe un riesgo real de contagio de esta enfermedad cuando se produce inoculación por contacto de un fluido rico en células (sangre, semen o flujo vaginal) con el torrente circulatorio del receptor sano. La saliva, el sudor y demás líquidos corporales cuyo contenido es muy pobre en células no son infectivos y por ello se tiene claro que determinados actos cotidianos, como el compartir vasos, cubiertos o toallas, o los besos (incluidos los que se dan en la boca) no entrañan ningún riesgo de contagio.

La vía de riesgo más serio a la hora de contraer sida o cualquier otra enfermedad sexual lo constituye el coito sin preservativo, ya sea por vía vaginal o anal, por lo que el consejo de utilizar preservativo en toda penetración, con objeto de prevenir tales enfermedades, sigue estando plenamente vigente hoy en día para todas las personas, y de modo muy especial para aquellas que no quieran renunciar a una sexualidad promiscua.

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